Archivo de la categoría ‘Palabras del Santo Padre’

El obstáculo que impide a estas personas reconocer la presencia de Dios en Jesús es el hecho de que Él es humano, es simplemente hijo de José el carpintero: ¿cómo puede Dios, omnipotente, revelarse en la fragilidad de la carne de un hombre? ¿Cómo puede un Dios omnipotente y fuerte, que ha creado la tierra y ha liberado a su pueblo de la esclavitud, cómo puede debilitarse hasta llegar a la carne y abajarse para lavar los pies de los discípulos? Ese es el escándalo. Hermanos y hermanas, una fe fundada en un Dios humano, que se abaja hacia la humanidad, que la cuida, que se conmueve por nuestras heridas, que toma sobre sí nuestros cansancios, que se parte como pan para nosotros. (…) es un escándalo (…) necesitamos el escándalo de la fe-, una fe arraigada en el Dios que se ha hecho hombre y, por tanto, una fe humana, una fe de carne, que entra en la historia, que acaricia la vida de la gente, que sana los corazones rotos, que se convierte en levadura de esperanza y germen de un mundo nuevo.  (Concelebración eucarística en Trieste, 7 de julio de 2024)

El obstáculo que impide a estas personas reconocer la presencia de Dios en Jesús es el hecho de que Él es humano, es simplemente hijo de José el carpintero: ¿cómo puede Dios, omnipotente, revelarse en la fragilidad de la carne de un hombre? ¿Cómo puede un Dios omnipotente y fuerte, que ha creado la tierra y ha liberado a su pueblo de la esclavitud, cómo puede debilitarse hasta llegar a la carne y abajarse para lavar los pies de los discípulos? Ese es el escándalo. Hermanos y hermanas, una fe fundada en un Dios humano, que se abaja hacia la humanidad, que la cuida, que se conmueve por nuestras heridas, que toma sobre sí nuestros cansancios, que se parte como pan para nosotros. (…) es un escándalo (…) necesitamos el escándalo de la fe-, una fe arraigada en el Dios que se ha hecho hombre y, por tanto, una fe humana, una fe de carne, que entra en la historia, que acaricia la vida de la gente, que sana los corazones rotos, que se convierte en levadura de esperanza y germen de un mundo nuevo.  (Concelebración eucarística en Trieste, 7 de julio de 2024)

Aprendamos esto: frente a los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, frente a las heridas del alma, frente a las situaciones que nos abaten e incluso frente al pecado, Dios no nos mantiene a distancia, Dios no se avergüenza de nosotros, Dios no nos juzga; al contrario, Él se acerca para dejarse tocar y para tocarnos y siempre nos levanta de la muerte. Siempre nos toma de la mano para decirnos: ¡Hija, hijo, levántate! (cf. Mc 5,41), ¡Camina, ve hacia delante! “Señor, soy un pecador” – “¡Sigue adelante, yo me hice pecado por ti, para salvarte!” – Pero tú, Señor, no eres un pecador” – “No, pero yo sufrí todas las consecuencias del pecado para salvarte”. ¡Es hermoso esto! Fijemos en el corazón esta imagen que Jesús nos entrega: Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. (Ángelus, 30 de junio de 2024)

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